una mirada desde la alcantarillα  

puede ser una visión del mundo…

La rebelión consiste en mirar una rosa

hasta pulverizarse los ojos

Alejandra Pizarnik

Casi un año después de la última convocatoria de la Vaga de Totes (a partir de ahora, VdT), la huelga del 19 de mayo, retomamos aquel proyecto con la intención de repensar algunos temas que el feminismo pone en el centro. Pensar el papel de los feminismos en la actualidad, desde los objetivos que planteaban las diversas asambleas de la VdT, nos ayudará a recorrer debates que siguen siendo pertinentes. Aquí sólo se apuntarán algunas cuestiones, desde una mirada local y limitada, a partir de la experiencia en el grupo motor y en un comité de barrio, y de los debates y conversaciones mantenidas con diversas compañeras desde que dio comienzo el proyecto.

Los feminismos

Hay muchas maneras de hacer feminismo, de pensar el feminismo y de debatir sobre el feminismo. Se ha definido de muchas formas a lo largo de la historia y si algo ha quedado claro es que no es tan necesario encontrar una definición que lo sitúe en unos límites hermenéuticos ni que determine cuáles son las prácticas que le corresponden. Las críticas y el dinamismo interno nos han llevado a hablar de feminismos en plural y a cuestionar el sujeto «mujer-blanca-occidental-cis-heterosexual»1 como representativo. Las mujeres negras ya se encargaron de echar por tierra postulados que pretendían aunar la categoría «mujer» y establecerla como algo que defender. Como señalaba Angela Davis, según la ideología decimonónica que definía la feminidad como la capacidad para ser madre y compañera del hogar, las mujeres negras representaban una «anomalía» en tanto que mano de obra esclava. Medio siglo después, desde el «sur», siguen llegando pensamientos y prácticas decoloniales que trastocan los feminismos europeos. En todas partes (se han recogido numerosos casos de sistemas de sexo-género donde el binomio hombre-mujer no es tal y como lo consideramos en «Occidente» y también se ha demostrado su variabilidad a lo largo del tiempo), los cuerpos trans cuestionan los dualismos categoriales y ponen en entredicho todo lo que hemos aprendido sobre qué quiere decir ser más femenina o más masculino, o también marimacho, trabolo, afeminado, marica y el largo etcétera que transciende la «normalidad». Las feministas marxistas aportaron importantes críticas sobre la combinación del sexo y la clase para analizar el capitalismo, y las autónomas definieron al Estado como patriarcal, a pesar de que muchos compañeros anarquistas no lo entendían así (o pensaban que no era necesario para combatir su poder, que residía «en otra parte»). Pero he aquí que sentimos la necesidad de emitir nuestros discursos y guiar nuestras prácticas desde un lugar común. Todavía, o quizá, más que nunca, nos llamamos feministas y así queremos que se reconozcan nuestros espacios y relaciones.

El trabajo

Las feministas han reivindicado el trabajo en varios momentos de la historia del capitalismo en Occidente. En la segunda mitad del xix, se habla del «derecho al trabajo» por encima del derecho al voto. En el momento álgido del desarrollo neoliberal, muchas feministas defendían el concepto de «trabajo» para definir esas tareas históricamente femeninas e incluso algunas llegaron a reivindicar el salario. El estatus del trabajador por cuenta ajena había caído en picado, pero todavía quedaba alguien por debajo: las mujeres de todas las clases sociales y de todas las razas que se ocupaban del hogar, las amas de casa sin salario y sin los derechos que se les otorgaba a los varones. Evidentemente, las críticas no tardaron en llegar: algunas mujeres jamás habían abandonado el trabajo asalariado; por el contrario, seguían en las fábricas textiles, conserveras, en el trabajo a domicilio, en el huerto de casa que proporcionaba la base del sustento a las familias semiproletarias. Otras mujeres comenzaban a emigrar a los países «desarrollados» para trabajar en puestos de limpieza y cuidados. Lo que sí tenían en común estos puestos de trabajo y no-trabajo eran las pésimas condiciones contractuales y unos salarios muy por debajo de los tradicionalmente masculinos. Es decir, la feminización de los puestos de trabajo producía —y sigue produciendo— una rebaja de las condiciones laborales.

El trabajo, más que el tema central, fue el punto de partida de la VdT. Una cuestión jamás abandonada por los feminismos y de máxima importancia en el mundo capitalista y globalizado en el que vivimos. La división sexual del trabajo no se puede entender fuera de un contexto dado, y sin relación con el estatus social, las reglas sociales sobre la familia, la herencia y la propiedad, y las formas de producción económica. Esto que ahora parece evidente tardó más de un siglo en ser considerado por los teóricos marxistas desde que Engels lo pusiera de relieve (aunque consideraba la división sexual del trabajo como algo natural y las tareas de reproducción como esencialmente femeninas). Los análisis económicos que contemplaban —y contemplan— la división entre producción y reproducción a menudo olvidan cómo el colonialismo y la globalización introdujeron ese sistema interdependiente en otras economías del planeta, alterando las formas de supervivencia y obligando a muchas mujeres —y hombres— a convertirse en proletarias y dependientes.2 La feminización y la racialización de las tareas, tanto de producción como de reproducción, han provocado su devaluación y el consecuente abaratamiento de los costes. Rebaja que, por supuesto, sólo ha favorecido a los propietarios, Estados y empresas.

Redefinir el trabajo —incluso para rechazarlo— supone redefinir quién constituye la «clase obrera», o directamente plantear otro sujeto. El lema «les dones movem el món i, ara, lʼaturarem» (las mujeres movemos el mundo y, ahora, lo pararemos) implica, además, tomar conciencia de la necesidad de las tareas de sostenimiento de la vida y de cómo el capitalismo depende de ellas. No se trata de «pararlo todo», sino de tomar el control sobre nuestras necesidades y deseos, que no son sólo objetos o medios de producción. Son nuestro tiempo, nuestros cuerpos, nuestros deseos, nuestras formas de curarnos, de cuidarnos y de producir vida.

La huelga

La huelga es la herramienta de lucha de quien tiene trabajo y puede organizarse para plantear un desafío a su empleador. La huelga no parece, por lo tanto, una herramienta posible cuando las relaciones empleado-empleador no son exclusivamente de producción de objetos para el mercado. Sin embargo, negar que en todas las relaciones sociales existen elementos emotivos, morales y de estatus es imposible. Además, en la actualidad, a la tecnificación de la producción se une la financiarización de las relaciones económicas y los cambios en las condiciones contractuales. Es decir, la producción ya no depende de una cantidad continua sino que es mucho más flexible. Las fábricas pueden reducir o aumentar su producción según las necesidades del mercado, contratando a trabajadores eventuales o estableciendo otro tipo de rendimientos como primas, acciones o lo que en el mundo anglosajón se denomina benefits: seguros médicos, bonos de aparcamiento, dietas, etc., además del salario. Las familias pueden endeudarse, comprar a plazos, obtener intereses hasta con los más pequeños ingresos. Frente a este panorama, la identidad del «obrero» se desdibuja, las situaciones familiares y personales se multiplican, y las personas se disgregan. Por lo tanto, no es sólo un problema del feminismo encontrar ese sujeto homogéneo, representativo, que pueda hablar por todas las demás y mostrar una fuerza frente al enemigo. El feminismo ha sabido ver antes esa imposibilidad y ha trabajado para crear formas de organización alternativas donde dar cabida a más agentes. Se trata de profundizar en las relaciones económicas, vislumbrar adónde queremos llegar e ir a por ello. Hay que abrir la huelga para no hacerla depender de una estructura rígida que ya no existe, colmarla de todos los aspectos de la vida y de todas las formas de vivirla. La VdT propuso una forma de organización a través de comités autónomos y locales que podían introducirse en las realidades vividas y aunar experiencias. La asamblea de coordinación decidía sólo las fechas y las acciones conjuntas, dando cabida a diferentes niveles de participación. Seguramente, faltó tiempo para seguir tejiendo la red; los grupos necesitaban consolidarse para ser efectivos y mostrar su diversidad. Pero, como mínimo, nos ha valido como experimento.

El cuerpo

¿Qué tiene que ver el cuerpo con la huelga? Desde la crítica marxista al sistema de trabajo capitalista, el cuerpo es la herramienta que posee el obrero, que vende su fuerza de trabajo en el mercado. Hasta aquí bien. Ocurre que algunas personas tienen más cuerpo que otras. Hace tiempo, teóricas del feminismo verbalizaron que «la mujer» es el otro del «hombre». Esto quiere decir que la construcción social de lo femenino se produce en función de su contrario, del que resulta ser la alteridad. Así, el cuerpo de la mujer deviene ligado a la función procreadora y, por ende, a su carne. Unamuno lo entendió bien cuando caracterizó a la tía Tula como una no-mujer: no podía parir y de ahí todo el drama de la obra. Ser identificada como mujer supone esa corporeidad añadida. Así también ocurre con las personas que manifiestan deseos distintos al considerado «normal» o identidades de género que exceden el binomio masculino-femenino: el cuerpo es su «tema», su «condición». Cuando la VdT habla de cuerpo, lo hace —creo— desde la idea de la reproducción social o la repetición de ciertos esquemas que mantienen a cada cual en su lugar, a cada cuerpo con su identidad y función. Por lo tanto, el aborto, las bajas maternales, el cuidado de las personas dependientes, la asistencia médica adecuada a las personas transexuales y la violencia estética son temas clave. Son las formas a través de las cuales el Estado mantiene bajo control a las personas cuyo cuerpo es «tematizado». Tomar el cuerpo es decidir cómo nos reproducimos, y cómo queremos vivir y relacionarnos. Supone crear una caja de resistencia que pueda colmar todas las necesidades de las que luchan: la alimentación, el cobijo, la enfermedad, la fatiga, la muerte, el afecto y el deseo.

El tiempo

Hoy no me he sentado en todo el día.3

Mi madre se pasó toda mi infancia y adolescencia diciendo que no tenía tiempo para nada. Yo refunfuñaba mientras la veía escuchar la radio tan tranquila cuando faltaba apenas media hora para volver al instituto y la comida estaba a medio hacer. Mi madre no representa para nada la realidad de todas las madres, ni de todas las que no fueron madres ni lo serán, pero si algo me dejó claro es que «su tiempo» no existe. Es un tiempo destinado a otras personas. Los debates en la VdT ponían de relieve, una y otra vez, esta imperiosa convención que es el tiempo: tiempo para ir a las asambleas, tiempo para resolver la vida privada y participar en la vida colectiva, tiempo para los consensos y disensos… El momento en que había que hacer tal cosa, el tiempo de espera, el cansancio y el volver a empezar. La coherencia de «respetar los tiempos», pues el tiempo de la producción capitalista y el consumo no cabe en el mundo que queremos construir. El trabajo de cuidados no se termina nunca e inhabilita todos los calendarios. Los niños se acuestan a las nueve: sus madres no pueden reunirse más allá de las ocho. Otras terminan su jornada laboral —demasiado larga— a las ocho y media. En una ciudad donde los acontecimientos se precipitan, estallan y se desinflan con cierta asiduidad, era muy difícil construir un proyecto que requería tantos cambios estructurales. El día de la huelga, de hecho, parecía necesario para proyectar algo creíble, algo que llegaría en tal fecha. Pero lo que costó hacer creer fue el «fins que totes les vagues siguin vagues de totes» (hasta que todas las huelgas sean huelgas de todas). En debates posteriores con compañeras de la VdT, concluíamos que uno de los obstáculos principales fue la falta de adhesión de muchos compañeros y colectivos no específicamente feministas que, pese a apreciar la potencia del movimiento desde un punto de vista cuantitativo (la manifestación del día 22 de octubre de 2014 fue sorprendentemente amplia y enseguida empezaron a multiplicarse los comités por todo el territorio), no entendieron cómo sus planteamientos eran más que razonables y necesarios. Lo que se estaba pidiendo desde la VdT eran cambios en las formas de hacer, cambios en las prioridades de la lucha, cambios para los que parece que todavía no estamos preparadas.

Otro elemento importante fue la imposibilidad de contar con un respaldo sindical para convocar una huelga de forma legal. Este paso no era considerado imprescindible por todas, pero se tomó la decisión de trabajar en ello. La respuesta de los sindicatos afines fue, resumidamente, que los tiempos sindicales no eran propicios para un debate tan profundo (una huelga feminista no es una huelga sectorial, ni laboral, es otra cosa). Nosotras no sólo no habíamos entendido cómo funciona el tiempo, sino que, ingenuamente, pretendíamos poner patas arriba el sistema de un día para el otro. Desde luego, el tiempo va en nuestra contra, siempre, pero la olla no puede estar en el fuego eternamente.

La autonomía

La experiencia feminista demuestra que hablar de autonomía no es sólo hablar de la relación con el Estado o con las instituciones. Es hablar de la vida misma. Las consecuencias de la institucionalización de parte del movimiento feminista en las décadas de 1980 y 1990 deberían ser tenidas en cuenta de cara al futuro o un futuro-presente, a modo de aprendizaje.4 Pero la puesta en cuestión de muchos otros elementos, como las relaciones de sexo, género y deseo, el tiempo, la identidad, el cuerpo y demás, evidencia que una política de demandas no es suficiente. El feminismo y, por ende, la política no es asunto de especialistas, sino de personas que habitan el mundo, personas con cuerpos y afectos. El reconocimiento de otras identidades no debe conducir a una proliferación de protagonistas, sino a un cambio en la estructura que invisibiliza formas de habitar el mundo. Si esas vidas no convienen al capitalismo, quizá puedan enseñarnos cómo empezar a plantear su alternativa.

Tomar el control sobre nuestra reproducción y sobre nuestros cuerpos. Manejar el tiempo. Reordenar las prioridades. No compensar a las personas que se dedican al cuidado, sino reordenar las relaciones de cuidado. Dar lugar al desarrollo de agentes diversos allí donde se encuentren más cómodos. Escuchar otras voces. Articular luchas (algo que requerirá, a veces, cambiar el centro). En definitiva, tomar la vida. Un trabajo que no se puede llevar a cabo sin cambios profundos en nuestras formas de relación.

1. El término cis pretende nombrar aquello que no es «trans», es decir, la identidad y expresión de género que se ajusta a la norma dualista mujer-hombre o bien a aquellas personas que, consciente o inconscientemente, se identifican y se expresan con el sexo-género que se les asignó médica y socialmente al nacer. Es también un intento de empezar a nombrar aquello que, por considerarse «lo normal», no se cree necesario designar, indicar, describir. Cis- es un prefijo latino que significa «del lado de aquí», en contraposición a trans- o «más allá».

2. Esther Boserup, en su libro Womenʼs Role in Economic Development, publicado en 1970, muestra cómo la división sexual del trabajo varía en diferentes sociedades africanas y asiáticas, y depende de las instituciones domésticas, las formas de parentesco y la tenencia de la tierra. No en todas las sociedades los hombres eran los principales proveedores de alimentos y el estatus de las mujeres varia según su capacidad para vender sus propias cosechas.

3. Frase que podía leerse en el respaldo de las sillas colocadas en la comida popular que organizó el comité de la VdT de Poble Sec, en la calle de Blai, el 19 de mayo de 2015.

4. Sobre este tema, en lo que refiere al Estado español, véase Silvia L. Gil (2011): Nuevos feminismos, sentidos comunes en la dispersión, Traficantes de Sueños, Madrid, 2011, pp. 112 y ss.