Cuando el capital no puede sacar suficiente rendimiento del territorio, convoca a la crisis para intentar reconvertir la inversión en plusvalía, expropiando la riqueza social de la mayoría y readaptando funcionalmente las estructuras de dominación política con este fin. Y así, ciclo tras ciclo. A pesar de que la protesta social se agudiza y constantemente se abren nuevos espacios de movilización, la articulación del antagonismo resulta insuficiente para derrotar al régimen hegemónico. Lo único que podría desguazar su engranaje es la lucha social, pero el modo de producción vigente ha demostrado una gran capacidad de mutación. Si algo hemos aprendido de las décadas anteriores, es que el capitalismo es capaz de adaptarse, de cooptar las armas de la crítica y usarlas como una arma de seducción para perpetuar el régimen económico vigente.

Hoy, tras un período desaforado de especulación inmobiliaria y financiera, la economía diaria vuelve a estar en el paro o pendiente del turismo. La política presenta signos claros de debilitamiento, la corrupción generalizada certifica la putrefacción del régimen, reina la desconfianza hacia las instituciones del Estado y la crisis de legitimidad parece imparable: el rey abdicó, los partidos hegemónicos de la segunda restauración hacen aguas, la abstención y la desconfianza se generalizan, afloran desequilibrios territoriales, el pacto social se resquebraja, renace la protesta social y aparecen nuevos líderes y actores en la oposición… ¿De verdad que la situación no os es extrañamente familiar?

Efectivamente, el llamado «régimen de la Transición» agoniza, igual que en su día lo hizo el dictador. La cuestión recae —como entonces— en si morirá en la cama, de muerte natural, o lo haremos caer antes.

Como bien recordarán las personas que vivieron el proceso de Transición (1975-1982), la estrategia del poder en aquel momento se concretó en la famosa frase de Il Gattopardo: «Cambiarlo todo para que nada cambie», fomentar la escenificación de un consenso entre las viejas élites franquistas y las nuevas élites de la oposición antifranquista, para generar un ambiente propicio de cara a un recambio generacional del mando que garantizara:

a) la actualización del modelo de Estado y la entrada al formato capitalista de corte occidental;
b) la integración en los circuitos incipientes de la política y la economía global; y,
c) lo más importante, la pervivencia de la acumulación en manos de las mismas élites extractivas que se lucraban hasta el momento.

En retrospectiva es fácil caer en juicios de valor, pero en aquel momento hubo mucha gente que se volcó con entusiasmo a la generación del nuevo Estado —que se lo pregunten, sino, a los entonces jóvenes votantes comunistas o socialistas—: las elecciones parlamentarias, los pactos de la Moncloa (1977), la victoria de UCD, el proceso constituyente (Constitución de 1978), el Estatut, las municipales (1979) y el crecimiento del PSOE hasta su victoria de 1982. La retórica del pacto social fue la característica principal del mito de la Transición y se asentó sobre el silencio y la desmemoria de los vencedores, para perpetuar el régimen más allá de Franco.

La imposición del espíritu del pacto mayoritario marginó a quienes no lo subscribieron; aplastó, por ejemplo, a la resistencia del movimiento obrero a partir de, básicamente, dos grandes estrategias: la represión y la recuperación/integración.

La primera se tradujo en prisión, fusilamientos, ataques impunes de la ultraderecha y guerra sucia en el peor de los casos, y en otros en un silenciamiento-apatía-alienación cristalizado en la reclusión en el ámbito privado. La segunda operó mediante una triple reconversión: la terciarización de la economía (de trabajadores a consumidores), la propietarización en masa (la conversión de proletarios en propietarios) y, finalmente, el encuadre de los cuadros del movimiento sindical y vecinal dentro de los partidos políticos aceptados y de los sindicatos mayoritarios —disciplina y control— y de ahí, a las instituciones.

La irresistible capacidad de seducción del capitalismo hizo el resto, el sistema puesto a trabajar podía generar algunas migajas para subvencionar un paupérrimo Estado del bienestar, la mejora de algunos barrios y subvenciones copiosas para los sindicatos y asociaciones obedientes. Como acertadamente dijeron los miembros del colectivo Etcétera en un texto ya mítico, finalmente, la Transición fue en realidad una transacción entre los aparatos de la oposición antifranquista y los franquistas de última hora, para certificar la continuidad del dominio de las clases directoras. Un proceso que se tradujo, en primera instancia, en una descapitalización política de los movimientos sociales, puesto que muchos de sus miembros entraron en las nuevas administraciones.

Aquellos fueron tiempos de muchos cambios legislativos, pero también de muchas concesiones, entre ellas, la del modelo de país. Los jóvenes políticos antifranquistas enseguida comprobaron que era necesario sellar un pacto con la vieja oligarquía estatal y el gran capital extranjero para poder administrar la economía y, progresivamente, se convirtieron en simples gestores del capital.

Mientras tanto, la apatía se apoderó de la calle como escenario de protesta; el silencio fue sepulcral. Los de siempre pusieron los muertos, vino la generación yonqui. Todo presagiaba lo que pasó, nos encaminamos hacia la inclusión definitiva dentro de un modelo de Estado capitalista de corte occidental y el punto culminante fue la entrada en la OTAN. A partir de aquí, la historia ya es harto conocida. En realidad, la Transición fue la escenificación de un cambio para perpetuar el régimen económico vigente y el orden dominante. Hoy, muchos nos tememos que ya ha empezado la Transición 2.0. ··