En nuestro entorno, el debate político gira en torno a la cuestión nacional, en detrimento del eje social. Una gran parte de los partidarios de la independencia de Catalunya lo son por razones económicas; quieren que vuelva la sociedad del bienestar. Mientras tanto, el anticapitalismo post-15M mira a su alrededor con ojos incrédulos, monta candidaturas electorales o, por el contrario, intenta articular un movimiento potente, que tenga capacidad para incidir en la sociedad para transformarla desde abajo.
Sea cual sea el escenario futuro, nosotras, por el momento, no tenemos mucha capacidad de reacción. Durante los últimos años de cruda realidad capitalista, hemos perdido bastante el tiempo y no hemos sabido asentar ni generalizar un proceso de creación de estructuras de autodefensa, autogestión y organización popular; tampoco hemos sido capaces de elaborar una hoja de ruta a medio-largo plazo que colocara nuestras posiciones en la palestra pública. No hemos podido crear una gran comunidad de resistencia.
Venimos de años muy duros, en que el consumismo capitalista, el bienestar a cambio de hipotecarnos el futuro y el hedonismo más vil liquidaron gran parte de las miserables bases que aguantaban desde las décadas de 1980 y 1990. Décadas en que la descentralización y la informalidad políticas se confundieron con desorganización e irresponsabilidad. Y así nos ha ido.
Pero creemos que el problema viene de más lejos: nuestra propia historiografía nos condena desde los años treinta del siglo pasado. Las armas, la Guerra Civil, los combatientes en el frente, las imágenes románticas de milicianas y los idolatrados Solidarios, con las figuras de Durruti, Ascaso y García Oliver a la cabeza, son la herencia más visible que nos dejaron los nuestros.
Hoy todavía sufrimos de un exceso de referencialidad y de pasión antiestratégica por la vía insurreccional, por la vía de la lucha violenta, como si ésa fuera realmente la lucha. Queremos ir a la guerra cuando todavía no tenemos ni un soldado, cuando todavía no tenemos nada que defender… Bueno, quizás esta afirmación sea exagerada, porque sí tenemos algo que defender. Pero, a veces, nos conformamos con tan poco…

Comparemos, por un segundo, la cantidad de libros y textos históricos sobre el frente, la guerra y los personajes que la llevaron a cabo respecto al número de obras que nos explican la labor de los militantes de base, quienes, día tras día, organizaban, coordinaban y hacían crecer las estructuras de autodefensa proletaria que hicieron posible ir a la guerra, hacer la revolución y casi ganarla.
Parece pues que es nuestra idiosincracia propia, todavía hoy, la de llamar a la guerra y a la insurrección cuando no hemos cavado ni la primera trinchera para defendernos del ataque constante de los amos del mundo.
Es hora de crear y consolidar proyectos y estructuras de defensa; es hora de sindicatos renovados y útiles como herramienta de lucha de los trabajadores, más allá del chiringuito propio. Es hora de trabajo cooperativo, que ensaye la gestión y el abastecimiento necesarios para la sociedad futura. Es hora de espacios de formación y de discusión. Es hora de aprender a organizarse para tomar decisiones horizontal y colectivamente; es hora de aprender las unas de las otras, de compartir experiencias y de superarnos día a día. Es hora de aprender a comunicar, de poseer unos medios propios que garanticen una información libre y de calidad. Es hora de crear contrapoder, de acercar el horizonte revolucionario, tan lejos hoy en día, de demostrar que se puede vivir sin capitalismo ni Estado, aquí y ahora.
Es la hora de hacer un llamado a la reactivación de un proyecto serio, autónomo y libertario, fuera de las instituciones podridas de la democracia parlamentaria y del capitalismo con rostro humano.Es la hora de crear un movimiento sólido y con perspectiva de futuro, que pueda hacer temblar las bases de este sistema obsoleto. ··