«¡Volvemos a las calles! Este es el mantra que emerge de nuevo desde cada vez más lugares y aumenta en intensidad después de los últimos capítulos de un procés de dudosos resultados en Cataluña, de las primeras reales y contradictorias «nuevas políticas» municipales, de la certeza de que «el asalto a los cielos» podemita tendrá que esperar si es que queda algo de él de aquí a unos meses, de las esperpénticas y trágicas humillaciones syrizianas o la agudización totalitarista que recorre Europa, desde las calles de París a las fronteras asesinas del Mediterráneo.

Este retorno a las calles, desde nuestro punto de vista, no es tan sencillo como restaurar las prácticas en que nos encontrábamos hace unos años, como si sólo fuera necesario despertar a la realidad después de una pesadilla diseñada por las élites universitarias. No. Creemos que este «retorno» tiene que ser un salto adelante y, sobre todo, un salto en profundidad.

Por un lado, es necesario intensificar la potencia creativa en lo que respecta al discurso y el imaginario; si el juego parlamentario no nos va a llevar a la revolución social, es hora de impugnar no sólo la estrategia sino también el marco discursivo, el análisis en que se apoya y las perspectivas de «cambio» que proyecta. Mirar más allá y más adentro. Más allá de la reivindicación de un estado del bienestar que no volverá, cuestionando abiertamente la propiedad privada y el trabajo asalariado. Más adentro en nuestra realidad cotidiana, abordando ejes como la autonomía, la comunidad y los feminismos de manera radical, trasladando el centro de la política de forma efectiva y práctica. La vida debe cambiar por completo pero no lo hará a través de ningún proceso constituyente estatal, sino mediante la recomposición de nuestras vidas desde la autocrítica colectiva permanente.

Por otro lado, durante estos últimos meses, la pulsión organizativa ha seguido dando sus lentos pero valiosos frutos; cada una según sus criterios y prioridades ha ido encontrando y creando espacios donde hacernos más fuertes: sindicatos laborales y de barrio, grupos feministas y de afinidad, oficinas de vivienda, ateneos y cooperativas, federaciones, organizaciones políticas… un deseo de avanzar en la lucha común, encarnada en una versátil amalgama de formas, ninguna de ellas autosuficiente. Es hora de ver cómo estas se transforman en herramientas potentes siendo capaces de establecer estrategias comunes y multiplicando su alcance.

Estrategias comunes para objetivos compartidos. El primero, y sin el cual estamos condenadas a la derrota desde el minuto cero, es hacer frente colectivamente a la escalada represiva que, golpe a golpe, va embistiendo a las que luchan; desde las que agudizamos el carácter anticapitalista de las últimas huelgas generales hasta el movimiento anarquista, pasando por las activistas de la PAH y los manteros, todas afrontamos amenazas, juicios, penas y multas. Es imprescindible convertir estos ataques en nuevas oportunidades para reconocernos, tejer lazos solidarios aún más fuertes y afilar nuestras herramientas comunicativas.

Nos vemos en las calles.

«¡Volvemos a las calles! Este es el mantra que emerge de nuevo desde cada vez más lugares y aumenta en intensidad después de los últimos capítulos de un procés de dudosos resultados en Cataluña, de las primeras reales y contradictorias «nuevas políticas» municipales, de la certeza de que «el asalto a los cielos» podemita tendrá que esperar si es que queda algo de él de aquí a unos meses, de las esperpénticas y trágicas humillaciones syrizianas o la agudización totalitarista que recorre Europa, desde las calles de París a las fronteras asesinas del Mediterráneo.

Este retorno a las calles, desde nuestro punto de vista, no es tan sencillo como restaurar las prácticas en que nos encontrábamos hace unos años, como si sólo fuera necesario despertar a la realidad después de una pesadilla diseñada por las élites universitarias. No. Creemos que este «retorno» tiene que ser un salto adelante y, sobre todo, un salto en profundidad.

Por un lado, es necesario intensificar la potencia creativa en lo que respecta al discurso y el imaginario; si el juego parlamentario no nos va a llevar a la revolución social, es hora de impugnar no sólo la estrategia sino también el marco discursivo, el análisis en que se apoya y las perspectivas de «cambio» que proyecta. Mirar más allá y más adentro. Más allá de la reivindicación de un estado del bienestar que no volverá, cuestionando abiertamente la propiedad privada y el trabajo asalariado. Más adentro en nuestra realidad cotidiana, abordando ejes como la autonomía, la comunidad y los feminismos de manera radical, trasladando el centro de la política de forma efectiva y práctica. La vida debe cambiar por completo pero no lo hará a través de ningún proceso constituyente estatal, sino mediante la recomposición de nuestras vidas desde la autocrítica colectiva permanente.

Por otro lado, durante estos últimos meses, la pulsión organizativa ha seguido dando sus lentos pero valiosos frutos; cada una según sus criterios y prioridades ha ido encontrando y creando espacios donde hacernos más fuertes: sindicatos laborales y de barrio, grupos feministas y de afinidad, oficinas de vivienda, ateneos y cooperativas, federaciones, organizaciones políticas… un deseo de avanzar en la lucha común, encarnada en una versátil amalgama de formas, ninguna de ellas autosuficiente. Es hora de ver cómo estas se transforman en herramientas potentes siendo capaces de establecer estrategias comunes y multiplicando su alcance.

Estrategias comunes para objetivos compartidos. El primero, y sin el cual estamos condenadas a la derrota desde el minuto cero, es hacer frente colectivamente a la escalada represiva que, golpe a golpe, va embistiendo a las que luchan; desde las que agudizamos el carácter anticapitalista de las últimas huelgas generales hasta el movimiento anarquista, pasando por las activistas de la PAH y los manteros, todas afrontamos amenazas, juicios, penas y multas. Es imprescindible convertir estos ataques en nuevas oportunidades para reconocernos, tejer lazos solidarios aún más fuertes y afilar nuestras herramientas comunicativas.

Nos vemos en las calles.