Text extret del blog de Procés Embat

El papel del movimiento libertario ante las coyunturas electorales y la recuperación institucional de los movimientos sociales y populares

Actualmente vivimos meses de aparente desmovilización social en la calle. Mientras que en algunas localidades es una situación fácilmente constatable, en otras no lo es tanto, puesto que la actividad de los movimientos sigue su curso habitual de movilizaciones constantes. Sin embargo, es cierto que estamos en una coyuntura diferente, nueva en nuestra época post-15M, a causa de que se divisan cambios en el panorama político por las posibles elecciones plebiscitarias en Catalunya y por el auge de nuevos partidos que tienen opciones reales de llegar al poder tanto en el ámbito del gobierno central como en el municipal.

 

Ante este cambio de coyuntura política, impensable hace algunos años, es lógico que surjan dudas en el análisis estratégico del campo libertario. Porque este reflujo ¿se produce a causa de que los movimientos estén apostando por una vía electoral para el cambio social? ¿Hemos llegado a un límite de las movilizaciones sociales y por eso se opta por otra vía?

En primer lugar, es necesario apuntar que todos los movimientos sociales tienen períodos de nacimiento, expansión y reflujo. Es una cosa perfectamente normal y entra dentro del que se puede esperar de todo movimiento. No debemos asustarnos por eso, al contrario, tenemos que divisar otra vía de movilizaciones en la calle que vuelva a activar un ciclo de protestas.

En segundo lugar, debemos darnos cuenta de que la gente busca un imaginario global. Es decir, que quiere ver un cambio social real que le arrebate el poder al enemigo de clase (que tiene todos los mecanismos del poder, incluso el gobierno). Por eso, en determinado momento, las instituciones aparecen como el objetivo fácil de avance para las fuerzas sociales. Si no se ha conseguido gran cosa a través de la protesta ciudadana, la conquista del poder por medio de las elecciones suele ser una opción bien vista.

Por tanto, si las opciones revolucionarias han estado ausentes del debate general y no han conseguido articular una alternativa global revolucionaria que tenga como base el movimiento popular, se produce como consecuencia un trasvase de fuerzas al electoralismo. A escala global debe existir, por lo tanto, una alternativa de poder y gestión revolucionaria del mismo, es decir, una teoría revolucionaria.

Sin embargo, además de la teoría es necesario ofrecer una estrategia a largo plazo para poder trabajar en este sentido. Por eso hay que construir un imaginario en el cual el movimiento popular tenga que desplazar del poder a la clase que lo ostenta actualmente. Naturalmente debe disponer de medios, para hacerlo de forma factible, que puedan atraer a cada vez mayores capas de la población.

En nuestro contexto actual, sin embargo, no puede obviarse el fenómeno electoral. Se percibe como una conquista social en tanto que el poder político se pone a disposición del partido vencedor en las urnas. Por mucha propaganda que se realice en sentido abstencionista,
no dejará de utilizarse esta vía. En esta línea, siendo realistas, hay que señalar que, cuando los movimientos disponen de fuerza e influencia, hay muchas probabilidades de que intenten disputar las instituciones al enemigo mediante las elecciones. Lo harán aunque sólo sea para quitar de en medio a algunos caciques locales. Por este motivo el movimiento popular tendrá que dar una respuesta dual ante el hecho electoral.

El movimiento popular debe disponer de mecanismos para ejercer su influencia en las instituciones sin ser recuperado por ellas. Para lo cual es necesaria una organización alegal revolucionaria (papel que le tendría que corresponder al movimiento libertario) que man-tenga la tensión y el centro de gravedad fuera de las instituciones. Los movimientos populares tienen que ser fuertes y estar muy coordinados entre sí para mantener la autonomía e imponer sus demandas al poder político.
Construir una alternativa a las instituciones, ya sea transformando las actuales en nuevas instituciones populares, ya sea generando contrainstituciones que establezcan un poder dual, o incluso ambas opciones a la vez.

[…] El acceso al poder institucional puede actuar como desencadenante de las contradicciones de un capitalismo que por un lado promete democracia y libertad y por el otro la niega y boicotea con todas sus fuerzas cuando éstas se desarrollan más claramente. En resumidas cuentas, que un partido que se presente como representante del movimiento popular llegue al gobierno por medio de las urnas no quiere decir que sea capaz después de ejercer un poder real, puesto que el poder se encuentra férreamente en manos de la burguesía, que es capaz de ejercerlo por otros medios al margen de los gobiernos. El papel del movimiento libertario, más que de advertir a los movimientos populares del engaño de la vía electoral, es el de actuar cómo:

a) organizador del movimiento social en estructuras de poder popular autónomas y con una agenda propia al margen de los partidos políticos, para que éste sea capaz de imponer sus políticas a las instituciones, sobre todo aprovechando a la gente amiga que participa de las mismas —que, no nos engañamos, siempre existe—. El movimiento popular puede diseñar y ensayar allá donde pueda unos modelos institucionales más democráticos y socialistas —a manera de poder dual— que puedan prefigurar la sociedad que se quiere construir;

b) elemento tensionador de las contradicciones existentes entre el proyecto de transformación reformista bienintencionado con las estructuras institucionales y económicas reales (los poderes fácticos). Si no es bienintencionado, entonces es que será simplemente reformista y no transformará prácticamente nada, limitándose a cambios cosméticos. Es decir, que habrá defraudado nuevamente a las esperanzas de la sociedad por lo que el mismo movimiento popular tendría que volverse en contra de este proyecto de reformas.

Y, c) prepararse para el momento en que estas contradicciones estallen. Porque lo más probable es que estallen. Para lo cual, hay que tener a punto unas contrainstituciones populares fiables y probadas (para evitar la improvisación en el momento más crítico), una amplia política de alianzas capaz de gestionar un país y una capacidad organizativa y movilizadora para neutralizar ofensivas violentas involucionistas por parte del sistema. ··

El papel del movimiento libertario ante las coyunturas electorales y la recuperación institucional de los movimientos sociales y populares

Actualmente vivimos meses de aparente desmovilización social en la calle. Mientras que en algunas localidades es una situación fácilmente constatable, en otras no lo es tanto, puesto que la actividad de los movimientos sigue su curso habitual de movilizaciones constantes. Sin embargo, es cierto que estamos en una coyuntura diferente, nueva en nuestra época post-15M, a causa de que se divisan cambios en el panorama político por las posibles elecciones plebiscitarias en Catalunya y por el auge de nuevos partidos que tienen opciones reales de llegar al poder tanto en el ámbito del gobierno central como en el municipal.

 

Ante este cambio de coyuntura política, impensable hace algunos años, es lógico que surjan dudas en el análisis estratégico del campo libertario. Porque este reflujo ¿se produce a causa de que los movimientos estén apostando por una vía electoral para el cambio social? ¿Hemos llegado a un límite de las movilizaciones sociales y por eso se opta por otra vía?

En primer lugar, es necesario apuntar que todos los movimientos sociales tienen períodos de nacimiento, expansión y reflujo. Es una cosa perfectamente normal y entra dentro del que se puede esperar de todo movimiento. No debemos asustarnos por eso, al contrario, tenemos que divisar otra vía de movilizaciones en la calle que vuelva a activar un ciclo de protestas.

En segundo lugar, debemos darnos cuenta de que la gente busca un imaginario global. Es decir, que quiere ver un cambio social real que le arrebate el poder al enemigo de clase (que tiene todos los mecanismos del poder, incluso el gobierno). Por eso, en determinado momento, las instituciones aparecen como el objetivo fácil de avance para las fuerzas sociales. Si no se ha conseguido gran cosa a través de la protesta ciudadana, la conquista del poder por medio de las elecciones suele ser una opción bien vista.

Por tanto, si las opciones revolucionarias han estado ausentes del debate general y no han conseguido articular una alternativa global revolucionaria que tenga como base el movimiento popular, se produce como consecuencia un trasvase de fuerzas al electoralismo. A escala global debe existir, por lo tanto, una alternativa de poder y gestión revolucionaria del mismo, es decir, una teoría revolucionaria.

Sin embargo, además de la teoría es necesario ofrecer una estrategia a largo plazo para poder trabajar en este sentido. Por eso hay que construir un imaginario en el cual el movimiento popular tenga que desplazar del poder a la clase que lo ostenta actualmente. Naturalmente debe disponer de medios, para hacerlo de forma factible, que puedan atraer a cada vez mayores capas de la población.

En nuestro contexto actual, sin embargo, no puede obviarse el fenómeno electoral. Se percibe como una conquista social en tanto que el poder político se pone a disposición del partido vencedor en las urnas. Por mucha propaganda que se realice en sentido abstencionista,
no dejará de utilizarse esta vía. En esta línea, siendo realistas, hay que señalar que, cuando los movimientos disponen de fuerza e influencia, hay muchas probabilidades de que intenten disputar las instituciones al enemigo mediante las elecciones. Lo harán aunque sólo sea para quitar de en medio a algunos caciques locales. Por este motivo el movimiento popular tendrá que dar una respuesta dual ante el hecho electoral.

El movimiento popular debe disponer de mecanismos para ejercer su influencia en las instituciones sin ser recuperado por ellas. Para lo cual es necesaria una organización alegal revolucionaria (papel que le tendría que corresponder al movimiento libertario) que man-tenga la tensión y el centro de gravedad fuera de las instituciones. Los movimientos populares tienen que ser fuertes y estar muy coordinados entre sí para mantener la autonomía e imponer sus demandas al poder político.
Construir una alternativa a las instituciones, ya sea transformando las actuales en nuevas instituciones populares, ya sea generando contrainstituciones que establezcan un poder dual, o incluso ambas opciones a la vez.

[…] El acceso al poder institucional puede actuar como desencadenante de las contradicciones de un capitalismo que por un lado promete democracia y libertad y por el otro la niega y boicotea con todas sus fuerzas cuando éstas se desarrollan más claramente. En resumidas cuentas, que un partido que se presente como representante del movimiento popular llegue al gobierno por medio de las urnas no quiere decir que sea capaz después de ejercer un poder real, puesto que el poder se encuentra férreamente en manos de la burguesía, que es capaz de ejercerlo por otros medios al margen de los gobiernos. El papel del movimiento libertario, más que de advertir a los movimientos populares del engaño de la vía electoral, es el de actuar cómo:

a) organizador del movimiento social en estructuras de poder popular autónomas y con una agenda propia al margen de los partidos políticos, para que éste sea capaz de imponer sus políticas a las instituciones, sobre todo aprovechando a la gente amiga que participa de las mismas —que, no nos engañamos, siempre existe—. El movimiento popular puede diseñar y ensayar allá donde pueda unos modelos institucionales más democráticos y socialistas —a manera de poder dual— que puedan prefigurar la sociedad que se quiere construir;

b) elemento tensionador de las contradicciones existentes entre el proyecto de transformación reformista bienintencionado con las estructuras institucionales y económicas reales (los poderes fácticos). Si no es bienintencionado, entonces es que será simplemente reformista y no transformará prácticamente nada, limitándose a cambios cosméticos. Es decir, que habrá defraudado nuevamente a las esperanzas de la sociedad por lo que el mismo movimiento popular tendría que volverse en contra de este proyecto de reformas.

Y, c) prepararse para el momento en que estas contradicciones estallen. Porque lo más probable es que estallen. Para lo cual, hay que tener a punto unas contrainstituciones populares fiables y probadas (para evitar la improvisación en el momento más crítico), una amplia política de alianzas capaz de gestionar un país y una capacidad organizativa y movilizadora para neutralizar ofensivas violentas involucionistas por parte del sistema. ··