Fragment de la intervenció de Marina Garcés a la taula inaugural de la Fira d’Economia Social de Catalunya, el 24 d’octubre de 2014.

La resistencia al capitalismo no es nueva, pero necesita inventar y concretar respuestas para coyunturas que cambian en cada lugar y en cada tiempo histórico.

No obstante, curiosamente, tanto el pensamiento revolucionario como el capitalismo, que son igualmente hijos de la Modernidad, comparten el culto a la novedad y a la juventud. La revolución busca hacer un mundo y una humanidad nuevos. El capitalismo, que es su cara perversa, destruye la sociedad antigua para producir y vender más y más novedad, en forma de mercancías
y de experiencias. Lo que la modernidad convierte en un valor político, estético y mercantil es la novedad por sí misma. Y es que ella misma, la Modernidad, se define como un tiempo nuevo.

Pero la novedad es un valor temporal por definición: la novedad caduca cuando envejece o cuando entra en el terreno de aquello conocido. Al final, la novedad, revolucionaria o capitalista, siempre resulta ser un producto de temporada. No podemos presentarnos, por lo tanto, como novedad, sin condenarnos, necesariamente, a caducar o a decepcionar. ¿Qué pasará cuando los jóvenes de ahora sean viejos, cuando las caras nuevas de ahora sean conocidas y cuando lo que parecen propuestas nuevas muestren que no nos han llevado a un mundo ni a un país tan nuevos como prometían?

«Nuevo» es un adjetivo vacío, que vacía de otros valores aquello que queremos vivir, compartir o proponer. Tenemos muchos otros adjetivos, heredados y por inventar, con los cuales llenar de ideas, de indicios y de referencias la economía y la política que queremos: social y solidaria, decimos cuando hablamos de una economía que se sustrae al dictado del beneficio particular. Podemos añadir : y justa, y digna, y decente, y honesta, y libre, y cooperativa, y común, y autónoma, y…, y…, y…

Los adjetivos comprometen, pero es un compromiso del que no podemos rehuir. Actualmente tendemos a esquivar los que la historia del último siglo nos ha legado más marcadamente: comunista, socialista, anarquista… Pesan, porque van ligados a experiencias históricas y a relaciones de poder que, en muchos de sus aspectos, no queremos repetir y porque sus -ismos predeterminan aquello que podemos hacer, vivir y proponer.

Tergiversemos y llenemos estos adjetivos de nuevos sentidos y experiencias, si se puede, y busquemos otros, todos los que nos hagan falta para desplegar propuestas colectivas y organizativas abiertas sobre aquello que todavía no conocemos y sobre los retos concretos de nuestro tiempo. Pero no caigamos en el vacío y en la trampa de la novedad como valor. Nos durará dos días y cuando el tiempo pase inexorablemente su lógica nos aplastará, implacable: habremos envejecido, nosotros y nuestra política.

Sobre los tiempos de la política y sus oportunidades históricas
Nos sentimos, de repente, en una situación de emergencia. La crisis económica, que desde 2008 marca el paso de las políticas económicas de las sociedades más ricas, ha introducido en nuestras casas y en nuestras vidas lo que la ficción de la promesa capitalista de una vida mejor para todos nos permitía ignorar: los límites humanos, sociales y ambientales del actual régimen de explotación del mundo global.

Estos límites ya no llegan en forma de denuncia o de discurso abstracto, sino en forma de precariedad, nuestra precariedad. Pero la desigualdad, la guerra por los recursos y la violencia económica sobre poblaciones enteras no habían desaparecido nunca del planeta. Las habíamos borrado nosotros de nuestro horizonte y de nuestras confortables alfombras. Percibirnos en situación de emergencia nos hace, sin embargo, confundir la urgencia con la prisa y la necesidad de reaccionar con la oportunidad histórica es una confusión que se cruza con la coyuntura de nuestro país, donde la emergencia global se cruza con un fin de ciclo histórico y generacional local.

Así, tendemos a interpretar el impasse actual, hecho de una mezcla extraña de amenazas y posibilidades, como una oportunidad histórica única en que sólo se puede perder o ganar. ¿Sabremos aprovecharla o no? Es un escenario excitante y movilizador, porque centra todas las energías en una jugada, aquí y ahora, ahora o nunca. Pero yo no creo en el ahora o nunca. Si las novedades caducan, las oportunidades pasan. ¿Y después qué? Después, o la victoria total, que ya sabemos que no existe, o la frustración y el fracaso. Las narraciones lineales, como las películas, sólo tienen dos opciones: acabar bien o mal. En la lucha para defender y construir una vida digna para todos, no hay final ni después. Hay un ahora insistente, persistente
y paciente que hace de cada día un reto y una exigencia.

Más que oportunidades históricas, nos hace falta aprender a ver y valorar la potencia de cada situación desde una visión histórica. Más que a un gran momento, necesitamos prestar atención a la multiplicidad de tiempo de vida que juntos podemos sustraer a la dominación política y a la explotación capitalista. Y más que una victoria, necesitamos paciencia, insistencia y persistencia, que son las virtudes con que realmente podemos reapropiarnos de los tiempos de la política, sin ser víctimas de una cruel e implacable política de los tiempos. Una de las cosas más importantes que aprendí en los centros sociales okupados de la década de 1990 en Barcelona fue que la mejor manera de abrir espacios de vida y de intervenir desde ellos en los conflictos reales de nuestra ciudad era generar calendarios y agendas propias. Eso no quería decir ir «a nuestra bola». Eso era entender que el tiempo de la historia, cuando es único, siempre lo dirigen ellos. ··