Si echamos una ojeada al entramado comunicativo que existía en la ciudad de Barcelona hace 85 años nos damos cuenta de que por entonces el diario de cabecera de la burguesía catalana era La Vanguardia. Destacaba en el primer tercio del siglo xx por ser de los primeros diarios con corresponsalías propias en las principales ciudades europeas, poniendo de manifiesto la importancia que daban las clases pudientes catalanas a la necesidad de tener una buena herramienta comunicativa. En el extremo opuesto del arco comunicativo enraizado en Barcelona, encontramos el diario Solidaridad Obrera, vinculado a la sección de Cataluña y Baleares de la CNT-AIT. A pesar de la censura y de las prohibiciones cíclicas que sufría por parte del Estado y la dificultad de acceso a la alfabetización del público al cual se dirigía —la clase trabajadora catalana— llegó a hacer tiradas de 26.000 ejemplares. Durante los años de la guerra y la revolución, multiplicó por diez su difusión. «La Soli», como popularmente se la llamaba, era sólo una pincelada en un cuadro más grande formado por decenas de diarios y semanarios de menor tirada, pero también editados desde el movimiento obrero, organizado mayoritariamente en las filas de la CNT y de la FAI.

Si volvemos a dar hoy mismo vistazo a la trama comunicativa en manos privadas en Barcelona, veremos que La Vanguardia continúa siendo el principal órgano de comunicación de la gente poderosa de la capital. Hoy en día, el rotativo es la piedra angular del Grupo Godó, en el que se incluyen radios, canales de televisión, portales de Internet y otras revistas y publicaciones periódicas. Por otro lado, si pretendemos hallar un contrapeso comunicativo sustentado desde abajo y antagonista frente al sistema, con la misma influencia que llegaron a tener Solidaridad Obrera, Catalunya u otros rotativos del movimiento libertario de las décadas veinte y treinta del siglo pasado, no lo encontraremos. A pesar de que eso no quiere decir que la contrainformación haya desaparecido de la ciudad condal, ni que esta sea marginal.

Aunque sea recordar una obviedad, no debemos olvidar que la información es poder. La manera de administrar, de medir y distribuir esta información —en otras palabras, comunicar— también representa una forma de gestión del poder. Eso lo tienen muy claro desde las esferas de gestión del capital y así lo han demostrado mediante el mantenimiento de la prensa escrita, a pesar de la grave crisis del sector que ha volatilizado cerca de 10.000 puestos de trabajo, que difícilmente volverán algún día, desde el año 2007. Para mantener estos canales, al tiempo que se ha apostado por las «nuevas tecnologías», también se ha relevado a los clanes familiares de la prensa, como la familia Polanco (Grupo PRISA), del accionariado de las grandes corporaciones mediáticas y se ha ido colocando en su lugar a los bancos, se ha mantenido la transacción de dinero público en forma de subvenciones hacia estos medios, muchas veces comercialmente moribundos. Todo con un objetivo: intentar mantener el monopolio sobre la creación «de opinión pública». Un activo que no se mide en dinero, sino en la capacidad de mantener un estado de las cosas que permita continuar engrosando beneficios en otras áreas.

Medios de comunicación de masas y sus grietas

Dentro de la lógica del libre mercado, los medios de comunicación compiten por diferentes públicos y deben distinguirse de manera cosmética para llegar a todo el espectro de «consumidores». Siguiendo esta lógica, siempre hallaremos medios de comunicación de carácter más progresista y otros más conservadores. Eso lo tenía muy claro el magnate de la comunicación Jaume Roures cuando lanzó la cabecera Público con el interés de captar el «nicho de mercado» de lectores de izquierdas. Aun así, este progresismo siempre tiene unos límites, que generalmente coinciden con los intereses de sus anunciantes y de las empresas representadas en sus consejos de administración.

A pesar de que el sistema ha hecho una apuesta clara por mantener unos medios que financieramente no serían posibles sin los bancos y las inyecciones de recursos públicos con el objetivo de mantener la hegemonía ideológica y cultural capitalista, hay momentos en que estos presentan grietas por las cuales las avezadas pueden colarse. Podemos y su política comunicativa, a pesar del oportunismo que han demostrado, son un buen ejemplo de ello. No podría entenderse si no el ascenso meteórico que experimentaron al conseguir seis escaños en las elecciones del 24 de mayo de 2014 al Parlamento Europeo, con sólo cuatro meses de vida. Muchas compañeras hacemos reproches sobre el trato de favor que han recibido desde ciertos grupos comunicativos y nos lo explicamos por sus intentos de monopolizar y desvirtuar el movimiento 15M para descafeinarlo y porque centra las críticas contra el capitalismo sólo en sus efectos, sin cuestionar su existencia, entre otros motivos. Pero eso no es suficiente para acabar de entender por qué Pablo Iglesias y la gente que le da apoyo se han acabado colando por la puerta de atrás de los mass media, secuestrando el imaginario de un movimiento como el 15M y, finalmente, imponiendo su lenguaje. Sólo debemos retorceder dos años y medio y mirar quién utilizaba la palabra «casta» o cuánta gente lo conocía a él o a Íñigo Errejón.

Sin una política comunicativa consciente, que combina la oportunidad aprovechada de utilizar los medios tradicionales, en especial la televisión, con todas las posibilidades que dan las redes sociales y tours de conferencias en las que recoger el feedback de las apariciones en antena, no se entendería el éxito del experimento Podemos. Curiosamente, a pesar de que el núcleo dirigente de Podemos ha dinamizado espacios de comunicación alternativos como «La Tuerka», los primeros medios a los cuales Pablo Iglesias se negó a conceder entrevistas cuando empezó la burbuja mediática de Podemos fueron los alternativos. Ahora bien, por muy buena y eficiente que sea una política comunicativa, nunca podrá llenar los agujeros políticos que generan las contradicciones de un movimiento que se abandera como «nueva política» pero que se está construyendo de arriba abajo, se basa fuertemente en el personalismo de su liderazgo, cuyo objetivo es ganar elecciones como medio casi exclusivo para el cambio social y que ya hace más de un año que inició su particular viraje al «centro», como cualquier otro partido socialdemócrata europeo. El efecto Podemos en las televisiones ha tenido el recorrido que las mismas directoras de medios han dejado que tenga. Así, vemos que los mismos medios han utilizado la imagen de Pablo Iglesias hasta quemarla y, a medida que los resultados electorales recogidos en Andalucía y en las autonómicas de Cataluña rozaban la discreción, el perfil de las dirigentes de la formación lila también empezaron a arder. La misma grieta que utilizaron en su día en los medios generalistas es la que, poco a poco, ha intentado sepultarles. No fue hasta la irrupción de las nuevas confluencias electorales con fuerzas como Compromís, en el País Valencià, o los «Comuns» agrupados alrededor de la coalición impulsada por Ada Colau y encabezada por Xavi Domènech, que se han reavivado las expectativas electorales de Podemos. Eso sí, muy lejos del afán inicial de Pablo Iglesias de ser el único paraguas electoral de la «nueva política» y de llegar en solitario a la presidencia del gobierno español. En resumen, una política comunicativa consciente es muy importante, pero no lo es todo.

Y si la política comunicativa de Podemos representa un ejemplo paradigmático de cómo una opción política puede aprovechar las pocas grietas que el monolitismo de los medios de comunicación de masas presentan, el documental Ciutat Morta demuestra que, a veces, pueden abrirse estas rendijas aunque sea a martillazos.

El documental recoge el relato de algunas de las partes que integraron inicialmente los grupos de apoyo a las personas encausadas y posteriormente condenadas por los hechos del 4F. De hecho, la iniciativa de realizar un documental sobre este caso represivo también generó controversia entre las personas cercanas a muchas de las víctimas. A pesar de estas carencias y problemas que se originaron alrededor de la realización de 4F: ni olvido, ni perdón, el resultado final fue visualmente muy potente. La combinación de la rigurosidad, de la constancia de activistas provenientes del ámbito audiovisual y contrainformativo, y un trabajo perseverante y constante, aunque muchas veces invisibilizado, por parte del grupo de apoyo y de las familiares tanto a pie de calle como en las redes sociales, y los intentos desesperados por parte del Ajuntament de Barcelona y de TV3 para parar la retransmisión del documental en la televisión pública consiguieron sacar del ostracismo al 4F. Posiblemente, uno de los peores casos de corrupción policial, judicial, política y mediática que se conocen en la ciudad de Barcelona.

La voluntad por parte de las creadoras del documental de salir de los círculos habituales de los movimientos sociales y querer acercar al gran público la versión silenciada del 4F fue capital. Siguiendo esta estrategia, llevan el documental al circuito de festivales de cine en que van acumulando premios. Una vez se acaba el ciclo de festivales y muestras cinematográficas, empieza desde las redes una campaña para forzar la retransmisión de Ciutat Morta en la televisión pública catalana, que finalmente se consigue, no sin antes sufrir intentos de censura que acaban generando un «efecto Streisand», que amplifica todavía más el impacto del documental en el seno de la sociedad.

Durante unas semanas, se puso en el centro del debate público el papel de los cuerpos policiales, del sistema judicial, de los partidos políticos y el acriticismo preocupante de los medios de comunicación corporativos, así como las oscuras relaciones entre prensa y poder. Se cuestionó abiertamente. Objetivo conseguido.

Nuestros medios

Actualmente en Barcelona y en el área metropolitana podemos hallar un amplio abanico de medios de comunicación alternativos. Los movimientos sociales de carácter antagonista y autónomo posteriores a la transacción democrática siempre han dado importancia a la vertiente comunicativa, cosa que ha hecho de Barcelona un lugar prolífico para la creación de medios propios y libres. Hasta en el actual período en que vivimos, en el que hay un claro reflujo de los movimientos sociales que toman la calle como campo de acción, muchos medios alternativos resisten, y algunos disfrutan de muy buena salud.

En la creación de medios alternativos ha intervenido la influencia de la contracultura americana y europea, pero la necesidad empírica de explicar nosotras mismas las luchas y los asuntos que nos afectan ha sido el motor real detrás de la creación de boletines, revistas, radios, más recientemente portales de Internet, e incluso canales de televisión. Si nunca hemos querido que otras hicieran política por nosotras, tampoco hemos querido que informen de nuestras luchas.

Otro de los hechos que definen y marcan la creación de estos medios son los espacios controlados por los movimientos. Si la aparición de ateneos libertarios a finales de los setenta del siglo xx fue asociada a la eclosión de radios libres como Ona Lliure y revistas como Ajoblanco, el punto álgido de la okupación en Barcelona y su área metropolitana durante la segunda mitad de la década de los noventa trajo una ola de boletines y publicaciones como Contra-Infos, La Destraleta de Cornellà de Llobregat, El Borinot de Gràcia, Infoblokes de Bellvitge y un largo etcétera. Algunos desaparecieron coincidiendo con un declive de las okupaciones, otros todavía se mantienen como La Burxa de Sants o el InfoUsurpa; muchas de las integrantes de otros medios acabaron confluyendo en otras publicaciones y otras se han reformulado cambiando formatos y periodicidades, y vuelven de nuevo, como Masala de Ciutat Vella.

Paralelamente a la creación de boletines asociados a los Centros Sociales Okupados, también se gestó la vertiente barcelonesa de Indymedia en Internet, a finales de la década de los noventa. Internet ha sido y es un territorio muy fértil para la creación de nuestros medios y ha posibilitado, durante los últimos años, la creación de muchos portales contrainformativos. Estamos hablando del Ariet en la provincia de Girona, el Apunt en el Bages y el Berguedà, La Riuada en el Prat de Llobregat, Xarxa Penedès, La Intervia en el Ensanche barcelonés y, por descontado, La Directa con una proyección genérica hacia todos los territorios catalanoparlantes. Este último medio, a pesar de comenzar como un semanario, con el paso del tiempo se ha convertido en quincenal y en un medio en línea. A pesar de las diferencias y el grado de consolidación diferente que existe entre estos proyectos comunicativos, todos tienen en común el hecho de actuar como altavoces —que no portavoces— de los movimientos sociales antagonistas de sus territorios, de contrainformar de manera crítica huyendo del «panfletarismo» y priorizando el rigor —que no «la objetividad»—. Hablamos de una manera de hacer periodismo que, desde hace una década, se perfila en Barcelona desde La Directa, pero también desde el Diagonal, heredero de Molotov en Madrid.

En el ámbito interno, todos los medios nombrados en el párrafo anterior, más o menos, reflejan en sí la pluralidad ideológica que hay en los movimientos sociales antagonistas. Suelen regirse siguiendo principios de autogestión y practican la horizontalidad. No podría ser de otra manera, al nutrirse de personas provenientes de los mismos movimientos en que estos medios arraigan.

La presencia constante y relativamente fuerte de los movimientos sociales en la ciudad de Barcelona facilita la creación de guetos monocromáticos en que poder vegetar en la pureza y no tener ningún tipo de necesidad de convivencia con otras que no sean «de las nuestras». Estos medios son una buena trinchera en la que compartir espacio, trabajo y aprendizaje conjunto con compañeras de otras familias anticapitalistas y todo un antídoto contra el sectarismo. ¿Que esta convivencia está exenta de dificultades? Pues no, pero pocas cosas resultan fáciles en la construcción de movimientos que sean capaces de enfrentarse al sistema. Un problema más grave supone la precariedad en la cual viven sumergidos estos proyectos y que hace muy difícil combinar el ritmo frenético que marca la actualidad con la ausencia de medios materiales en los colectivos dedicados a la comunicación basados en el compromiso, el sacrificio y la militancia de las personas que lo forman. Una militancia y compromiso que representa la fuerza y la debilidad de nuestros medios. Somos capaces de cuestionar con éxito las «versiones oficiales» que marca el poder, pero nos parece imposible romper con la precariedad estructural en la cual viven los colectivos dedicados a la contrainformación y las personas que los nutren.

Sin olvidar las publicaciones más específicas de debate y de análisis libertario y autónomo, debemos apoyar las publicaciones de contrainformación y hacerlas nuestras en el mejor sentido de la palabra. No debe darnos miedo compartir e impulsar estos espacios, al contrario. La experiencia y aprendizaje que podemos obtener en estos medios es un elemento que nos ayudará a organizarnos en otros ámbitos. El mantenimiento y crecimiento de estos medios, siempre que tengan detrás la base de los movimientos sociales más combativos, es y será una muestra de nuestra fuerza.

Si echamos una ojeada al entramado comunicativo que existía en la ciudad de Barcelona hace 85 años nos damos cuenta de que por entonces el diario de cabecera de la burguesía catalana era La Vanguardia. Destacaba en el primer tercio del siglo xx por ser de los primeros diarios con corresponsalías propias en las principales ciudades europeas, poniendo de manifiesto la importancia que daban las clases pudientes catalanas a la necesidad de tener una buena herramienta comunicativa. En el extremo opuesto del arco comunicativo enraizado en Barcelona, encontramos el diario Solidaridad Obrera, vinculado a la sección de Cataluña y Baleares de la CNT-AIT. A pesar de la censura y de las prohibiciones cíclicas que sufría por parte del Estado y la dificultad de acceso a la alfabetización del público al cual se dirigía —la clase trabajadora catalana— llegó a hacer tiradas de 26.000 ejemplares. Durante los años de la guerra y la revolución, multiplicó por diez su difusión. «La Soli», como popularmente se la llamaba, era sólo una pincelada en un cuadro más grande formado por decenas de diarios y semanarios de menor tirada, pero también editados desde el movimiento obrero, organizado mayoritariamente en las filas de la CNT y de la FAI.

Si volvemos a dar hoy mismo vistazo a la trama comunicativa en manos privadas en Barcelona, veremos que La Vanguardia continúa siendo el principal órgano de comunicación de la gente poderosa de la capital. Hoy en día, el rotativo es la piedra angular del Grupo Godó, en el que se incluyen radios, canales de televisión, portales de Internet y otras revistas y publicaciones periódicas. Por otro lado, si pretendemos hallar un contrapeso comunicativo sustentado desde abajo y antagonista frente al sistema, con la misma influencia que llegaron a tener Solidaridad Obrera, Catalunya u otros rotativos del movimiento libertario de las décadas veinte y treinta del siglo pasado, no lo encontraremos. A pesar de que eso no quiere decir que la contrainformación haya desaparecido de la ciudad condal, ni que esta sea marginal.

Aunque sea recordar una obviedad, no debemos olvidar que la información es poder. La manera de administrar, de medir y distribuir esta información —en otras palabras, comunicar— también representa una forma de gestión del poder. Eso lo tienen muy claro desde las esferas de gestión del capital y así lo han demostrado mediante el mantenimiento de la prensa escrita, a pesar de la grave crisis del sector que ha volatilizado cerca de 10.000 puestos de trabajo, que difícilmente volverán algún día, desde el año 2007. Para mantener estos canales, al tiempo que se ha apostado por las «nuevas tecnologías», también se ha relevado a los clanes familiares de la prensa, como la familia Polanco (Grupo PRISA), del accionariado de las grandes corporaciones mediáticas y se ha ido colocando en su lugar a los bancos, se ha mantenido la transacción de dinero público en forma de subvenciones hacia estos medios, muchas veces comercialmente moribundos. Todo con un objetivo: intentar mantener el monopolio sobre la creación «de opinión pública». Un activo que no se mide en dinero, sino en la capacidad de mantener un estado de las cosas que permita continuar engrosando beneficios en otras áreas.

Medios de comunicación de masas y sus grietas

Dentro de la lógica del libre mercado, los medios de comunicación compiten por diferentes públicos y deben distinguirse de manera cosmética para llegar a todo el espectro de «consumidores». Siguiendo esta lógica, siempre hallaremos medios de comunicación de carácter más progresista y otros más conservadores. Eso lo tenía muy claro el magnate de la comunicación Jaume Roures cuando lanzó la cabecera Público con el interés de captar el «nicho de mercado» de lectores de izquierdas. Aun así, este progresismo siempre tiene unos límites, que generalmente coinciden con los intereses de sus anunciantes y de las empresas representadas en sus consejos de administración.

A pesar de que el sistema ha hecho una apuesta clara por mantener unos medios que financieramente no serían posibles sin los bancos y las inyecciones de recursos públicos con el objetivo de mantener la hegemonía ideológica y cultural capitalista, hay momentos en que estos presentan grietas por las cuales las avezadas pueden colarse. Podemos y su política comunicativa, a pesar del oportunismo que han demostrado, son un buen ejemplo de ello. No podría entenderse si no el ascenso meteórico que experimentaron al conseguir seis escaños en las elecciones del 24 de mayo de 2014 al Parlamento Europeo, con sólo cuatro meses de vida. Muchas compañeras hacemos reproches sobre el trato de favor que han recibido desde ciertos grupos comunicativos y nos lo explicamos por sus intentos de monopolizar y desvirtuar el movimiento 15M para descafeinarlo y porque centra las críticas contra el capitalismo sólo en sus efectos, sin cuestionar su existencia, entre otros motivos. Pero eso no es suficiente para acabar de entender por qué Pablo Iglesias y la gente que le da apoyo se han acabado colando por la puerta de atrás de los mass media, secuestrando el imaginario de un movimiento como el 15M y, finalmente, imponiendo su lenguaje. Sólo debemos retorceder dos años y medio y mirar quién utilizaba la palabra «casta» o cuánta gente lo conocía a él o a Íñigo Errejón.

Sin una política comunicativa consciente, que combina la oportunidad aprovechada de utilizar los medios tradicionales, en especial la televisión, con todas las posibilidades que dan las redes sociales y tours de conferencias en las que recoger el feedback de las apariciones en antena, no se entendería el éxito del experimento Podemos. Curiosamente, a pesar de que el núcleo dirigente de Podemos ha dinamizado espacios de comunicación alternativos como «La Tuerka», los primeros medios a los cuales Pablo Iglesias se negó a conceder entrevistas cuando empezó la burbuja mediática de Podemos fueron los alternativos. Ahora bien, por muy buena y eficiente que sea una política comunicativa, nunca podrá llenar los agujeros políticos que generan las contradicciones de un movimiento que se abandera como «nueva política» pero que se está construyendo de arriba abajo, se basa fuertemente en el personalismo de su liderazgo, cuyo objetivo es ganar elecciones como medio casi exclusivo para el cambio social y que ya hace más de un año que inició su particular viraje al «centro», como cualquier otro partido socialdemócrata europeo. El efecto Podemos en las televisiones ha tenido el recorrido que las mismas directoras de medios han dejado que tenga. Así, vemos que los mismos medios han utilizado la imagen de Pablo Iglesias hasta quemarla y, a medida que los resultados electorales recogidos en Andalucía y en las autonómicas de Cataluña rozaban la discreción, el perfil de las dirigentes de la formación lila también empezaron a arder. La misma grieta que utilizaron en su día en los medios generalistas es la que, poco a poco, ha intentado sepultarles. No fue hasta la irrupción de las nuevas confluencias electorales con fuerzas como Compromís, en el País Valencià, o los «Comuns» agrupados alrededor de la coalición impulsada por Ada Colau y encabezada por Xavi Domènech, que se han reavivado las expectativas electorales de Podemos. Eso sí, muy lejos del afán inicial de Pablo Iglesias de ser el único paraguas electoral de la «nueva política» y de llegar en solitario a la presidencia del gobierno español. En resumen, una política comunicativa consciente es muy importante, pero no lo es todo.

Y si la política comunicativa de Podemos representa un ejemplo paradigmático de cómo una opción política puede aprovechar las pocas grietas que el monolitismo de los medios de comunicación de masas presentan, el documental Ciutat Morta demuestra que, a veces, pueden abrirse estas rendijas aunque sea a martillazos.

El documental recoge el relato de algunas de las partes que integraron inicialmente los grupos de apoyo a las personas encausadas y posteriormente condenadas por los hechos del 4F. De hecho, la iniciativa de realizar un documental sobre este caso represivo también generó controversia entre las personas cercanas a muchas de las víctimas. A pesar de estas carencias y problemas que se originaron alrededor de la realización de 4F: ni olvido, ni perdón, el resultado final fue visualmente muy potente. La combinación de la rigurosidad, de la constancia de activistas provenientes del ámbito audiovisual y contrainformativo, y un trabajo perseverante y constante, aunque muchas veces invisibilizado, por parte del grupo de apoyo y de las familiares tanto a pie de calle como en las redes sociales, y los intentos desesperados por parte del Ajuntament de Barcelona y de TV3 para parar la retransmisión del documental en la televisión pública consiguieron sacar del ostracismo al 4F. Posiblemente, uno de los peores casos de corrupción policial, judicial, política y mediática que se conocen en la ciudad de Barcelona.

La voluntad por parte de las creadoras del documental de salir de los círculos habituales de los movimientos sociales y querer acercar al gran público la versión silenciada del 4F fue capital. Siguiendo esta estrategia, llevan el documental al circuito de festivales de cine en que van acumulando premios. Una vez se acaba el ciclo de festivales y muestras cinematográficas, empieza desde las redes una campaña para forzar la retransmisión de Ciutat Morta en la televisión pública catalana, que finalmente se consigue, no sin antes sufrir intentos de censura que acaban generando un «efecto Streisand», que amplifica todavía más el impacto del documental en el seno de la sociedad.

Durante unas semanas, se puso en el centro del debate público el papel de los cuerpos policiales, del sistema judicial, de los partidos políticos y el acriticismo preocupante de los medios de comunicación corporativos, así como las oscuras relaciones entre prensa y poder. Se cuestionó abiertamente. Objetivo conseguido.

Nuestros medios

Actualmente en Barcelona y en el área metropolitana podemos hallar un amplio abanico de medios de comunicación alternativos. Los movimientos sociales de carácter antagonista y autónomo posteriores a la transacción democrática siempre han dado importancia a la vertiente comunicativa, cosa que ha hecho de Barcelona un lugar prolífico para la creación de medios propios y libres. Hasta en el actual período en que vivimos, en el que hay un claro reflujo de los movimientos sociales que toman la calle como campo de acción, muchos medios alternativos resisten, y algunos disfrutan de muy buena salud.

En la creación de medios alternativos ha intervenido la influencia de la contracultura americana y europea, pero la necesidad empírica de explicar nosotras mismas las luchas y los asuntos que nos afectan ha sido el motor real detrás de la creación de boletines, revistas, radios, más recientemente portales de Internet, e incluso canales de televisión. Si nunca hemos querido que otras hicieran política por nosotras, tampoco hemos querido que informen de nuestras luchas.

Otro de los hechos que definen y marcan la creación de estos medios son los espacios controlados por los movimientos. Si la aparición de ateneos libertarios a finales de los setenta del siglo xx fue asociada a la eclosión de radios libres como Ona Lliure y revistas como Ajoblanco, el punto álgido de la okupación en Barcelona y su área metropolitana durante la segunda mitad de la década de los noventa trajo una ola de boletines y publicaciones como Contra-Infos, La Destraleta de Cornellà de Llobregat, El Borinot de Gràcia, Infoblokes de Bellvitge y un largo etcétera. Algunos desaparecieron coincidiendo con un declive de las okupaciones, otros todavía se mantienen como La Burxa de Sants o el InfoUsurpa; muchas de las integrantes de otros medios acabaron confluyendo en otras publicaciones y otras se han reformulado cambiando formatos y periodicidades, y vuelven de nuevo, como Masala de Ciutat Vella.

Paralelamente a la creación de boletines asociados a los Centros Sociales Okupados, también se gestó la vertiente barcelonesa de Indymedia en Internet, a finales de la década de los noventa. Internet ha sido y es un territorio muy fértil para la creación de nuestros medios y ha posibilitado, durante los últimos años, la creación de muchos portales contrainformativos. Estamos hablando del Ariet en la provincia de Girona, el Apunt en el Bages y el Berguedà, La Riuada en el Prat de Llobregat, Xarxa Penedès, La Intervia en el Ensanche barcelonés y, por descontado, La Directa con una proyección genérica hacia todos los territorios catalanoparlantes. Este último medio, a pesar de comenzar como un semanario, con el paso del tiempo se ha convertido en quincenal y en un medio en línea. A pesar de las diferencias y el grado de consolidación diferente que existe entre estos proyectos comunicativos, todos tienen en común el hecho de actuar como altavoces —que no portavoces— de los movimientos sociales antagonistas de sus territorios, de contrainformar de manera crítica huyendo del «panfletarismo» y priorizando el rigor —que no «la objetividad»—. Hablamos de una manera de hacer periodismo que, desde hace una década, se perfila en Barcelona desde La Directa, pero también desde el Diagonal, heredero de Molotov en Madrid.

En el ámbito interno, todos los medios nombrados en el párrafo anterior, más o menos, reflejan en sí la pluralidad ideológica que hay en los movimientos sociales antagonistas. Suelen regirse siguiendo principios de autogestión y practican la horizontalidad. No podría ser de otra manera, al nutrirse de personas provenientes de los mismos movimientos en que estos medios arraigan.

La presencia constante y relativamente fuerte de los movimientos sociales en la ciudad de Barcelona facilita la creación de guetos monocromáticos en que poder vegetar en la pureza y no tener ningún tipo de necesidad de convivencia con otras que no sean «de las nuestras». Estos medios son una buena trinchera en la que compartir espacio, trabajo y aprendizaje conjunto con compañeras de otras familias anticapitalistas y todo un antídoto contra el sectarismo. ¿Que esta convivencia está exenta de dificultades? Pues no, pero pocas cosas resultan fáciles en la construcción de movimientos que sean capaces de enfrentarse al sistema. Un problema más grave supone la precariedad en la cual viven sumergidos estos proyectos y que hace muy difícil combinar el ritmo frenético que marca la actualidad con la ausencia de medios materiales en los colectivos dedicados a la comunicación basados en el compromiso, el sacrificio y la militancia de las personas que lo forman. Una militancia y compromiso que representa la fuerza y la debilidad de nuestros medios. Somos capaces de cuestionar con éxito las «versiones oficiales» que marca el poder, pero nos parece imposible romper con la precariedad estructural en la cual viven los colectivos dedicados a la contrainformación y las personas que los nutren.

Sin olvidar las publicaciones más específicas de debate y de análisis libertario y autónomo, debemos apoyar las publicaciones de contrainformación y hacerlas nuestras en el mejor sentido de la palabra. No debe darnos miedo compartir e impulsar estos espacios, al contrario. La experiencia y aprendizaje que podemos obtener en estos medios es un elemento que nos ayudará a organizarnos en otros ámbitos. El mantenimiento y crecimiento de estos medios, siempre que tengan detrás la base de los movimientos sociales más combativos, es y será una muestra de nuestra fuerza.