Una posició

Corren los días y se dispara esa sensación ambivalente de sentirse vivas pero cual rebaño al mismo tiempo. Vivas entre tanta gente, en las calles, defendiendo colegios, expresando creatividad sin directrices, exponiendo los cuerpos a los golpes, regalándonos emociones, guiños, sonrisas y llantos, en quizás una de las mayores muestras de autoorganización popular que hemos vivido en los últimos años. Pero también nos sentimos subyugadas, sobretodo cuando nos dicen cómo debemos o no debemos protestar. No queremos bailar al son que nos marcan, ni corear consignas que nos dictan los ventrílocuos de ocasión —se llamen ANC, Ómnium o partidos que sostienen al Govern—, y menos abrazar o sonreír a unos mossos y a sus mandos, que siempre nos han apaleado.

 Un Gobierno (el del Estado español) y un Govern (el de la Generalitat de Catalunya) están enzarzados, ellos y las respectivas élites dominantes que les marcan el camino, en una pelea por dirimir cuotas de poder y beneficios. Nos amargan la vida, los unos y los otros. No somos nacionalistas. Y el auge de tantos nacionalismos, de uno u otro signo, nos da pánico. Todavía, en este siglo xxi, gritamos «ni patrias ni fronteras», y añadimos «ni amos ni patrones». ¡Qué menos! Pero las movilizaciones masivas en las calles de estos días —con sus defectos y contradicciones— pueden estar abriendo grietas, espacios para el cambio, un atisbo de posibilidad de otro tipo de legitimidad, una oportunidad para la reconstrucción desde abajo de la soberanía. Gracias, y solo gracias a la protesta en las calles —a las payesas, a los estibadores, a las estudiantes, a los bomberos, a las abuelas, y un largo etcétera—, el conflicto ha llegado a un punto en que esto puede ya no ir de banderas, ni de fronteras, sino de la transformación total del statu quo.

O eso, o la derrota vía aniquilamiento, o el pacto, el todo-igual, la nada. Las clases dominantes sean de la nacionalidad que sean, solo creen en una bandera, la del capital. Unas y otras se reparten el mundo, saquean territorios y explotan poblaciones. Destrozan la tierra, eliminan terruños para aumentar sus beneficios, cada vez más parasitarios, con sus múltiples burbujas especulativas. Precarizan a mujeres y hombres. Sabemos que la supervivencia es una carrera de obstáculos, de porras y balas. No, no van con nosotras sus aspiraciones. Van contra nosotras: ellos han sido y son responsables de nuestras muertes en vida; correas del capital y sus negocios, varas del Estado y su ordeno y mando sin chistar.

Sean cual sean los verdaderos objetivos del Govern y de las élites que le marcan el paso, no podemos desaprovechar la oportunidad de jugar nuestra propia partida subvirtiendo sus reglas, luchando por una independencia real, que sea una autonomía en todos los ámbitos de nuestras vidas. Nos va el sentirnos vivas y la lucha por ese mundo mejor, material y moral, al que aspiramos y que vamos trazando desde nuestras prácticas en el día a día. Y desde mucho antes del culebrón «del procés».

Seguimos peleando en las calles, y en ellas, nos conocemos y reconocemos y vamos generando nuestra comunidad de lucha. Y, frente a su objetivo de un nuevo Estado —incluso republicano— nos autoorganizamos, desde abajo, desde nuestros barrios y pueblos para construir una vida organizada comunalmente, poniendo el cuidado en el centro en los procesos colectivos, mediante el apoyo mutuo, a partir de nuevas formas horizontales de autoorganización ajenas al capital —la explotación— y a toda autoridad —la opresión—.

¡Queremos bailar, pero somos más de cumbia que de mambo o de sardana!

¡Queremos cambiar nuestras vidas, sin tomar el poder!

Una posició, 6 de octubre de 2017